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Imagina que hoy estas en una sala de conciertos escuchando los compases de la más melodiosa música y que, de pronto recuerdas que se te ha olvidado dejar cerrado tú automóvil. Comienzas a preocuparte y ni puedes salir de la sala ni disfrutar de la música. He aquí una imagen de la forma en que tenemos de vivir la vida la mayoría de los seres humanos.

La vida para quienes están alertas y tienen oídos para oír, es una sinfonía. Hoy en día es más común que estemos ocupados en escuchar los ruidos de nuestras circunstancias, necesidades no cubiertas, y programaciones que no captamos el resto de los instrumentos musicales. Si únicamente disfrutamos los instrumentos de percusión no escucharemos la sinfonía, porque la percusión nos impedirá captar el resto de los instrumentos. Sin embargo esto no significa que no podamos preferir dicho sonido, o el de los violines o el que disfrutes más, pero se convierte en patológico cuando la preferencia por uno de los instrumentos nos reduce la capacidad de escuchar y disfrutar  de los demás. Fijémonos ahora en una persona o cosa que anhelamos concediéndole el poder de hacernos feliz o desdichados tal vez  en algún momento de tú vida o actualmente incluso lo estás experimentando, observa cómo debido al empeño en conseguir a esa persona o cosa aferrarnos a ella y disfrutar única y exclusivamente de ella, perdemos sensibilidad con relación al resto del mundo. Nos hemos insensibilizado.

Lo que necesitamos no es renunciar, sino comprender, tomar conciencia si esto nos ha ocasionado sufrimiento y aflicción, tomar conciencia de la pérdida que experimentamos cuando sobrevaloramos la percusión y nos volvemos sordos al resto de la orquesta  para reaprehender el disfrutar de pasar de un momento a otro de la vida plenamente absorto en el presente, en el aquí y el ahora, llevando consigo tan poca carga del pasado y tan escasamente afectados por la preocupación acerca del futuro porque habremos desarrollado el gusto por la sinfonía de la vida apasionándonos por  ella.

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